Editorial

El coronavirus, la democracia, y la penúltima verdad

l coronavirus, evidentemente sin proponérselo, ha puesto en jaque buena parte del andamiaje conceptual de la democracia. Un ser todavía misterioso y apenas estudiado por la ciencia, ha dejado en total evidencia que los derechos y las garantías individuales colapsan fácilmente frente a una situación calificada como peligrosa para el conjunto.

No hay, de acuerdo con una lectura rápida de lo que ha acontecido hasta ahora, remedios legales apropiados que posibiliten enfrentar tales contingencias sin necesidad de subordinar al conjunto al dictado de medidas de unos pocos, sean estos científicos o no.

Hoy, por imperio de la pandemia, un intendente puede disponer si la gente puede salir a pasear. Un gobernador, un presidente, puede determinar que el total de los ciudadanos de un país o de una provincia, cumpla una virtual prisión domiciliaria durante un tiempo que, se explica, deberá ser indeterminado.

Un intendente puede decidir cerrar los accesos a un pueblo. Impedir que alguien salga o entre de una determinada zona geográfica. Puede, también, disponer que salgan quienes tienen equis número de documento, y quienes tengan otro, no podrán salir.

Para trabajar, hay que pedir permiso.

Se aceptan estas tremendas excepciones a la vida social de una comunidad, con una naturalidad asombrosa. Tienen, al menos hasta ahora, un consenso absolutamente mayoritario.

Aunque sea endeble la razón legal que ampara estas restricciones, pues las ha decidido una sola persona, y no ha sido tratado por el Parlamento, que es la institución en la que trabajan los representantes directos de los ciudadanos.

Todo esto se hace felicitando a los ciudadanos por su obediencia. No es un sacrificio, es un orgullo, se afirma, tener la noción de solidaridad y de cuidado hacia sí mismo y hacia los demás.

Eso nos dice la autoridad, que es necesaria en estos momentos, porque hay un virus que, de otra manera, nos mataría a todos.

Philip K. Dick, un extraordinario escritor encasillado por las categorías en eso que se ha denominado “ciencia ficción”, escribió una novela titulada, en su traducción al español, “La Penúltima Verdad”. Fue publicada en 1964, y reeditada en muchas ocasiones, incluida una reciente de la colección Minotauro.

En ese texto alucinante, Dick describe una humanidad que vive en tanques bajo tierra, trabajando y produciendo, sin asomarse a la superficie del planeta, porque hay una guerra nuclear devastadora, que es informada minuto a minuto a través de la televisión.

Un incidente fortuito, la búsqueda de un medicamento agotado, hace que una persona ascienda a ese infernal lugar lleno de destrucción y muerte, en donde combaten robots conducidos por la inteligencia artificial.

Llega y descubre que la guerra había durado, en realidad, dos años. Y que los contendientes se habían repartido el mundo, y habían decidido montar la continuidad de una ficción global, para gozar a lo grande de los beneficios de una población mínima, que vive a expensas de los laburantes subterráneos.

Lo que ocurre en el mundo hoy, no es, lo sabemos, una novela. Pero la consecuencia de lo que ya ha pasado, frente a un enigma todavía no resuelto y del que, como ha dicho este domingo John Carlín, “nada se sabe”, tiene un nivel de cosa espeluznante sin precedentes. Por lo menos aquí, en Argentina, con una sociedad que suele enamorarse no ya de la realidad, sino de lo que se dice de la realidad.

Rubén Boggi diariamentenqn

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