EditorialEditorial de los Domingos

Las Hormigas y el Coronavirus

Autor: José Timoteo

Durante cuarenta días y cuarenta noche las vi pasar. El espectáculo se repetía cada año a mediados de otoño. Trabajo en un hotel desde hace más de veinte años, mis tareas son diversas, pero generalmente me ocupo del mantenimiento de las instalaciones. Nunca tuve mayores inconvenientes, que los propios de mantener en condiciones habitables las dependencias. Alguna cañería con pérdida de agua, algún inodoro desnivelado, una puerta  desvencijada, algún cortocircuito, un espejo roto. Mi vida pasaba de rutina en rutina… Nunca tuve inconvenientes con las palomas que porfiadas anidaban en los ventiluces, o algún murciélago que se confundía en las noches e ingresaba a alguna habitación… A las hormigas, las esperaba cada año y les organizaba caminitos de arroz para que se los llevaran a sus nidos y allí morían por implosión, cuando el arroz se fermentaba y formaba un hongo que les daba una muerte anunciada. Algo raro me ocurría, no me gustaba verlas morir, no sé cómo explicar esa rara sensación de fobia a la muerte. Quizás fuese porque despiden un olor penetrante, una rara mezcla a canela y limón, que se impregnaba en mis ropas por días. Nunca tuve mayores problemas hasta que sucedió lo de aquel día, que cambio mi relación con ellas para siempre. Por la Pandemia de Coronavirus, el ingreso de pasajeros disminuyo notablemente al punto de quedarnos sin huéspedes por semanas. Esa situación complico las cuentas de los dueños que empezaron a tener graves dificultades económicas. La esperanza retorno cuando el gobierno contrató todos los servicios de alojamiento para alojar allí a aquellas personas que requerían hacer una cuarentena obligatoria por catorce días,  por viajar de zonas consideradas peligrosas de Covid-19. Para mi eran huéspedes como cualquier otro, solamente tomaba las precauciones que ya estaban establecidas y casi no teníamos ningún contacto con ellos, porque la comida se les dejaba en la puerta de la habitación y cada uno la buscaba. Para las mucamas y las cocineras no fue lo mismo, ellas me decían todo el tiempo que estábamos en peligro, que en cualquier momento podíamos contagiarnos si alguno de los huéspedes tuviera el virus. Que podían ir adheridos a los platos, en las sabanas, en las bolsas de residuos. Lo más ilógico fue cuando me dijeron que ¡¡Hasta las hormigas, podían trasmitirlo…!!! Eso fue lo más absurdo que pude haber escuchado!!! Me habré reído aquel día!!! 

Era un jueves de mayo, promediaba la tarde… Dormía la siesta y afuera llovía. Me despertó un ruido indescriptible, como un zumbido o un tropel, que parecía avanzar y detenerse. Camine descalzo, dejándome llevar por ese sonido, salí de la habitación hasta el pasillo, para encontrarme un sendero de hormigas que provenían de una habitación. De un cajón del escritorio de la conserjería, tome la lupa que un geólogo se olvido alguna vez, me acerque a la cerradura de la puerta y descubrí lo que había negado tanto tiempo.  ¡Allí estaban ellas..!. ¡Una más feliz que otra! Pulcras, disciplinadas, organizadas en filas, distanciadas en grupos de 6, golpeando sus patas traseras que dejaban caer milésimas encendidas de feromonas. Parecían que cumplían su objetivo, sin que nada pudieras distraerlas. Mí mirada se poso sobre ellas. No eran las hormigas que conocía de siempre. Éstas me miraban desafiantes, impolutas, implacables. Hasta me atrevo a decir que me miraban amenazantes.  En su diminuto tamaño, no superior a tres milímetros, cargaban sobre sus espaldas una especie de burbuja transparente, viscosa y frágil… y allí adentro estaban ellos, miles, millones de Coronavirus con sus espículas distribuidas simétricamente formando una corona, dispuestos a infectarnos a todos. Podrás pensar que soy un alarmista, o que me he vuelto paranoico… pero yo los vi. ¡¡Allí estaban!!. Con su tamaño no superior a cien nanómetros, ubicados estoicamente  sobre los dos milímetros de espalda de las hormigas. Es sabido que en 1 milímetro, cabe 1 millón de nanómetros y que cada hormiga que pesa aproximadamente 3 mg, puede levantar 20 veces sus propio peso,  no es descabellado pensar que millones de virus eran transportados en busca de su próxima víctima, en este caso, yo.  

Miles de pensamientos se adueñaron de mi, la rara sensación de sentirme acorralado por la muerte. Ahí me acorde de las mucamas y las cocineras y como cada una de ellas fueron yéndose dejando su lugar de trabajo. Volví a mirar la cerradura, para encontrarme con esas miradas desafiantes, deleitando su capacidad de ser inmunes, oliendo mi temor a la muerte. Esa misma tarde renuncie, sin dar mayores explicaciones. Deje atrás,  20 años de mi vida en ese hotel, una posible muerte por covid-19 y el primer caso de trasmisión por hormigas. No recuerdo si una lagrima se me escapo, recuerdo que me ate los cordones, dejé la puerta abierta…y me fui.


(Esta Editorial que se publica todos los domingos, se constituirá: De relatos, fabulas, cuentos, narraciones, poemas y poesías. Cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia. Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Nqnorte.)

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