Editorial

Tristes septiembres que (por suerte) no volverán

Federico Finchelstein

Este mes de septiembre se cumplieron dos tristes aniversarios argentinos. El 6 septiembre de 1930 y el 16 de septiembre de 1955, se dieron dos golpes de Estado que junto al de marzo de 1976 cambiaron de cuajo la historia de nuestro país. Por estos golpes, el camino histórico del país se redireccionó. La buena noticia es que hoy día nuestra historia es bastante diferente.

La metáfora golpista ya no se justifica, incluso a pesar de los malos gobiernos. Compartimos crisis económicas y políticas pero el contexto es muy diferente. De todas formas, el legado de estos golpes sigue repercutiendo y en muchos casos presenta metáforas equivocadas para pensar nuestro presente. La anacronía nunca es buena consejera para pensar la relación entre el pasado y la actualidad.

El primer golpe, encabezado por el general José Félix Uriburu, fue la primera ocasión en nuestra historia moderna en la que los militares tomaron el poder. Lo hicieron apoyados por poderosos intereses corporativos y también por una dirigencia política que no aceptaba las políticas del gobierno del presidente Hipólito Yrigoyen, quien había sido legítimamente elegido.

Dirigentes conservadores y socialistas independientes participaron del gobierno de aquella primera dictadura en la Argentina del siglo XX. En suma, aquella dictadura de Uriburu duró hasta 1932 y fue apoyada por casi toda la oposición conservadora a Yrigoyen e incluso por radicales anti-yrigoyenistas. En aquel golpe del ’30 participó también un joven capitán llamado Juan Domingo Perón quien luego participaría de un nuevo golpe (el de 1943) que lo catapultaría a la política de masas. Es como hombre fuerte de esa segunda dictadura (1943-1946) que Perón la destruye desde adentro y llama a elecciones que gana en 1946.

Así el populismo moderno llega al poder con elecciones pero también con un fuerte legado autoritario. Este nuevo populismo divide a la Argentina como antes lo había hecho el radicalismo de Yrigoyen, ganando elecciones y generando vocaciones golpistas en la oposición.

En 1955, Perón prueba su propia medicina y los sectores “democráticos” que se le oponen le hacen un golpe de estado encabezado por el Ejército. Esta idea de que cuando un gobierno no gusta tiene que irse por medios no democráticos, es decir no contemplados en nuestra Constitución, y en particular un golpe, forma parte de nuestro pasado y no de nuestro presente.

La idea golpista no tiene vigencia en la Argentina de hoy. Sin embargo, la crítica a los gobiernos se presenta a menudo con metáforas de helicópteros, represiones y saqueos que deberían ser repudiadas en su totalidad.

Hay que recordar que cuando hubo problemas de este tipo, Raúl Alfonsín en 1989 y Fernando de la Rúa, en el 2001, no terminaron su mandato. No fueron víctimas de golpes pero tampoco su salida fue muy democrática. En el caso de Alfonsín no hubo interrupción de mandato, sino adelanto en la transmisión del mando. Fue un hito de la continuidad democrática, a pesar de que acortó su mandato por los saqueos y la presión política del presidente electo, Carlos Menem. En el último caso (el de la Alianza) sí hubo problemas graves porque no se consideró seriamente incorporar a la oposición al gobierno en vez de retirarlo de escena de nuevo en el marco de saqueos y una represión desembocada.

¿Qué tan alejada está la Argentina “post-dictadura” de la mentalidad golpista? El ’83 fue un punto de inflexión en nuestra historia. Sin embargo, la metáfora de los golpes y las dictaduras ha sido constantemente usada y abusada en nuestra cultura política. El hecho de que el actual gobierno se haya encontrado con serios problemas para manejar la economía y la creciente desigualdad (una limitación que por cierto no le es exclusiva, históricamente hablando) no puede ser una excusa para usar metáforas de este pasado problemático.

La crisis no tiene relación con la extensión democrática de los gobiernos. Ni Mauricio Macri puede ser comparado con una dictadura ni tampoco el gobierno de Cristina Kirchner (quien terminó su mandato dos veces) fue víctima de un clima “destituyente”.

Estamos muy lejos de esos dos septiembres fatídicos. Ni Cristina Kirchner es como Perón ni Mauricio Macri vive la situación de Yrigoyen. El mal gobierno se discute con tiempos democráticos. No vivimos en el pasado aunque Argentina vivió siempre en un cortoplacismo de gobierno y oposición que distorsiona la democracia. Las lecciones del pasado nos permiten entender lo problemáticas que fueron para el país estas concepciones.

Federico Finchelstein es historiador y profesor de la New School de New York

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